La mirada peregrina
El peregrino no avanza porque lo sepa todo, sino porque confía en que el camino también lo está formando.
Hay una forma de mirar la vida que no busca dominarla ni explicarla por completo.
Una mirada que aprende a permanecer, a escuchar, a dejar que el tiempo revele lo que al principio solo se siente confuso.
No caminamos por la vida únicamente para llegar a un lugar.
Caminamos para transformarnos mientras avanzamos.
A veces creemos que cambiar significa corregir lo que está mal en nosotros.
Pero con el tiempo se vuelve evidente que muchas de las formas en que reaccionamos, nos protegemos o nos cerramos no nacieron del error sino de la necesidad. Fueron intentos de cuidado. Respuestas posibles frente a lo que dolía, a lo que asustaba, a lo que aún no podía comprenderse.
No todo lo que nos protege nos aleja de la vida.
Muchas veces fue lo que permitió atravesarla.
Sin embargo, llega un momento en que aquello que protegía comienza a limitar.
Y entonces aparece la tensión: queremos avanzar, pero algo en nosotros teme soltar lo conocido.
La transformación rara vez ocurre por exigencia o por fuerza.
Ocurre cuando aparece una presencia que no invade ni abandona.
Una presencia estable, tranquila, que no se asusta frente a nuestras contradicciones, que permanece incluso cuando retrocedemos, que comprende antes de juzgar y que sostiene sin imponer.
En ese tipo de encuentro —humano, profundo, paciente— algo empieza a aflojarse.
Lo que antes necesitaba estar en alerta puede descansar.
La experiencia encuentra palabras.
Y lentamente aparece la posibilidad de vivir con menos miedo.
Quizá por eso la vida puede entenderse como un peregrinaje.
No como una búsqueda desesperada de respuestas, sino como un aprendizaje gradual de confianza.
Hay verdades que no se imponen: se revelan en el tiempo, en los vínculos, en la naturaleza, en los procesos que maduran sin ruido. La vida misma enseña, a quien aprende a mirarla, que la transformación no ocurre cuando nos exigimos ser otros, sino cuando podemos habitar con mayor verdad quienes estamos siendo.
La mirada peregrina no busca llegar rápido.
Busca comprender mientras camina.
Porque al final, crecer no es dejar de necesitar cuidado,
sino descubrir que es posible vivir sin tener que defenderse todo el tiempo.
