Identidad
En los últimos años la palabra identidad se volvió central.
Se la nombra con fuerza, se la protege, se la afirma frente a otros.
Pero detrás de esa intensidad quizá haya algo más antiguo que el debate.
Hay momentos en la vida en que crecer deja de ser una promesa y empieza a sentirse como un riesgo.
No porque no deseemos avanzar, sino porque intuimos que avanzar puede implicar perder algo.
Algo que fue vital.
Algo que nos dio alegría.
Algo que nos sostuvo cuando todavía no sabíamos quiénes éramos.
Esa inquietud no pertenece a una generación en particular.
Pertenece a la condición humana.
Sin embargo, cada época la expresa de modo distinto.
Algunas generaciones aprendieron a adaptarse en silencio.
Otras aprendieron a afirmarse aun cuando el entorno no comprenda.
Ambas formas son intentos de preservar algo esencial.
Tal vez el conflicto no sea entre jóvenes y adultos.
Tal vez el conflicto sea interior:
el deseo de transformarnos y el miedo a traicionarnos.
Porque crecer implica atravesar etapas.
La niñez no puede quedarse en la niñez.
La adolescencia no puede prolongarse indefinidamente.
La adultez tampoco puede endurecerse hasta olvidar lo que alguna vez la hizo vibrar.
Cada momento de la vida tiene su tarea.
Y cada tarea supone una renuncia.
La pregunta es: ¿renuncia a qué?
¿A lo superficial?
¿O a lo vivo?
Quizá muchas de las tensiones que vemos hoy tengan que ver con esta confusión.
Cuando no confiamos en que lo esencial puede desplegarse en nuevas formas, intentamos conservarlo intacto.
Y cuando alguien nos cuestiona, respondemos defendiéndonos.
Pero si la identidad no fuera algo que se conserva inmóvil, sino algo que se desarrolla…
si lo que somos no estuviera amenazado por el crecimiento sino llamado a profundizarse…
Entonces la pregunta cambia.
Y ya no se trata de elegir entre permanecer o transformarse.
Se trata de algo más incómodo, más personal:
¿qué parte de mí temo perder cuando me resisto a crecer?
